A long future? Some remarks on the history of Argentine left in recent times
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A long future? Some remarks on the history of Argentine left in recent times
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¿Un largo porvenir?Algunas notas sobre la historia de la izquierda argentina en tiempos recientes
PII
S0044748X0016573-9-1
DOI
10.31857/S0044748X0016573-9
Publication type
Article
Status
Published
Authors
Camarero Hernan 
Affiliation: University of Buenos Aires
Address: Argentina
Carlos M. Herrera
Affiliation: CY Cergy Paris University
Address: France
Edition
Pages
71-86
Abstract

This essay explores the evolution of the main currents of the Argentine left in last times. Born at the end of the 19th century, the left experienced a powerful development and have a notable influence on Argentine political, social and cultural life, but it never held positions of government, unlike with similar parties in neighboring countries. Indeed, populism meant a major challenge to their strategies and programs. The great crisis that the country will experience in 2001—2002 has led to new challenges such as the exercise of power at the provincial level or a lasting alliance of Trotskyist parties with a certain electoral weight.

Keywords
Argentina, socialism, communism, centre-left, trotskyism, populism
Received
18.03.2021
Date of publication
29.09.2021
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1 La izquierda argentina se conformó rápidamente como identidad, no muy alejada de las otras temporalidades occidentales. Ya en la segunda mitad del siglo XIX, en parte favorecida por el intenso movimiento de inmigración europea, (en particular de aquellas víctimas de la represión sufridas por el movimiento obrero y socialista en países como Francia o Alemania, o aun, de manera algo más difusa, en España e Italia) surgieron un conjunto de importantes organizaciones obreras, de impronta política y reivindicativa, pero también cultural, que mantendrían contacto incluso con la I Internacional. Estas coagularon en poco tiempo en organizaciones partidarias, que, no sin intensos debates, decidieron actuar en el entonces limitado espacio democrático que el país ofrecía, a la par que se constituían en una intensa fuerza en el campo obrero. Estas fuertes luchas sociales terminaron por abrir el espacio institucional, pero ya antes, en 1904, el Partido Socialista hacía elegir al primer representante en un parlamento en todo el continente [1].
2 Con la violenta represión al movimiento obrero y a las fuerzas de izquierda (socialistas, anarquistas) que jalonan el primer Centenario se cierra un primer período de la historia de la izquierda en clave política. La ampliación del sistema democrático parecía abrir nuevas promesas, como lo anunciaban los triunfos socialistas en los comicios parlamentarios en la capital del país. Pero estos augurios se mostrarían engañosos en la primera elección presidencial que tuvo lugar en 1916. Tanto el presidencialismo como el sistema federal implicaban poderosas limitaciones para el avance de la izquierda en el ámbito político, sin olvidar que la represión armada podía actuar con la misma violencia, bajo un gobierno democrático, incluso con el concurso de fuerzas parapoliciales, como ocurrió entre 1919 y 1921, a lo largo de todo el país.
3 Con todo, esos años marcaron la declinación del anarquismo, así como de las ambiciones revolucionarias del sindicalismo. Pero aparecería un nuevo actor, el comunismo, visible sobre todo a partir del comienzo de la década de 1930, que dinamizaría el campo de la izquierda. La experiencia del radicalismo en el gobierno se cerraba en esos momentos, con un golpe militar que fracasaría en sus intenciones de construir un modelo corporatista, a tono con lo que acontecía en Europa, pero que restauraría un nuevo sistema limitado de ejercicio del poder por parte de las clases dominantes, que combinaba represión y fraude electoral. Sin embargo, al calor del desarrollo político del movimiento obrero, la izquierda, ahora en sus dos principales expresiones partidarias, recobraría nuevos bríos organizativos. No era ajeno a esta movilización social, que iba más allá de la lucha antifascista, que se produjera un nuevo golpe militar en junio de 1943. Su política intervencionista en el movimiento obrero sentaría las bases de lo que luego sería el peronismo. No sin contradicciones internas, se intentaba construir una nueva — más por su amplitud que por su carácter inédito– relación entre el Estado y los trabajadores, cuya eficacia aparecería ya una primera vez en febrero de 1946 con la amplia victoria electoral del general Perón.
4 El peronismo en el poder dio inicio a una crisis de las izquierdas que mostraría distintas facetas, pero afectaría sobre todo a su relación con los trabajadores. Su derrocamiento y la posterior proscripción del movimiento abrirían un interregno de tres lustros de gran inestabilidad, donde pronto se vió que la vieja izquierda había perdido su antiguo lugar en la nueva sociedad argentina, aun en una fase de amplia movilización de los trabajadores y de los sectores juveniles de las capas medias. Podía decirse que eran estas luchas que habían terminado con la dictadura militar que, a partir de 1966 y con el inédito programa de la doctrina de la Seguridad Nacional, se había propuesto refundar el país. Ya habían aparecido por entonces nuevas organizaciones que replicaban los cambios que la lucha en el socialismo estaba viviendo a escala planetaria, y en particular continental con la victoria del movimiento castrista y su posterior conversión a un modelo “comunista”. En particular, la estrategia armada contará con importantes adeptos a finales de los años 1960 y principios de los años 1970, sobre todo provenientes del peronismo, el nacionalismo de izquierda y el guevarismo.
5 Parecía que las elecciones de marzo de 1973 y el esperado retorno del general Perón cerraría la crisis abierta en 1955 “por izquierda”, puesto que el regreso al poder del peronismo se hacía con un discurso, más que un programa, de izquierda “nacional”. Pero en los escasos 49 días que duró el gobierno de Héctor Cámpora, esa primavera no conocería verano, ni quizás tampoco otoño, ya que el general Perón no tardó en renovar con la vieja represión hacia las organizaciones de izquierda, y no sólo armada.
6 Con el golpe militar de 1976 se abriría la etapa de mayor derrota de la izquierda argentina, al menos si se la mide en los términos de la represión que ocasionó y las consecuencias que tuvo para la recepción de un discurso de transformación en la sociedad. Esto se manifestó a las claras a partir de 1983, con el regreso de la democracia, siquiera por su peso electoral. Aunque muy rápidamente, la izquierda de inspiración marxista dará pruebas de una gran imaginación estratégica para superar la situación, dando lugar a una alianza inédita entre comunistas y trotskistas en 1985 y que se reeditará en ese lustro. También se ilustrará con la emergencia, en paralelo, de un partido trotskista masivo como el Movimiento al Socialismo (MAS).
7 Sin embargo, en el nuevo mundo que nació con la caída del muro de Berlín, la izquierda iba a sufrir un claro retroceso, que fue mucho más que el coletazo de la crisis mundial y cultural nacida del fin del proyecto soviético. La prueba fue la implosión del MAS, que obedecía también a rasgos propios de la propia corriente, cuyos signos había ya aparecido a finales de la década de los 1980. Sin embargo, el nuevo avatar del peronismo en el poder, el menemismo, que asumía un programa neoliberal con su tradicional discurso populista, significaba también un cambio en la estructura de la sociedad argentina, en particular respecto al lugar que había conservado hasta entonces el movimiento obrero industrial y sus modalidades sindicales.
8 De esas nuevas luchas, que abarcaban ahora trabajadores en el paro pero también poblaciones marginalizadas, surgió un nuevo actor social, el movimiento piquetero, de base territorial. La izquierda mostraba una vez más su capacidad para adaptarse a las nuevas formas de lucha, signadas por la emergencia de la pobreza como factor identitario de esos nuevos y eventuales sujetos del cambio social.
9 El estallido social que se produce en diciembre de 2001 será vivido por las izquierdas como una nueva oportunidad de entroncar su programa con las demandas de la sociedad, incluso más allá de los sectores populares y obreros. En efecto, la crisis materializada por el lema “¡qué se vayan todos!”, parecería marcar el fin del programa “progresista” que venía desarrollando la centro-izquierda, en particular a través de las líneas social-demócratas que se desplegaban dentro del radicalismo y el peronismo, y podía alimentar la ilusión del agotamiento del modelo populista. Ambas vertientes se expresaban en las asambleas ciudadanas, fábricas recuperadas o en las organizaciones sociales que aglutinaban a los sectores más marginales de la sociedad. No faltaron observadores, sobre todo europeos, para ver en las nuevas formas de organi-zación que surgían en esas luchas, en particular en el movimiento piquetero, la expresión de una nueva potencia transformadora, que algunos llegaron a parangonar con los Soviets [2].
10 Pero la victoria electoral del peronismo, en mayo de 2003, confirmaba que la crisis de hegemonía abierta comenzaba a cerrarse. El incipiente líder de esa corriente, que había llegado al poder aliado a uno de los sectores más conservadores del peronismo y que antes había dado muestras de su perfecta adaptación al modelo neoliberal (que lo había favorecido en el ejercicio del poder provincial en Santa Cruz a través de las regalías dadas por la privatización de la producción de petróleo), buscó construir desde el poder un discurso progresista que se fomentaba por un entorno latinoamericano calificado de “Left turn” por el ensayista mexicano Carlos Castañeda [3]. Dicho discurso comen-zaba por la reivindicación de los movimientos peronistas de izquierda de los años 1970 y la lucha de los organismos de derechos humanos.
11 El objetivo de este artículo es examinar el devenir de las izquierdas argentinas, en sus distintas variantes y configuraciones, en los tiempos recientes, privilegiando en la lupa del análisis las últimas tres décadas. Antes que un relevamiento puntual y detallado de fuentes primarias, se propone aquí el diseño de algunas primeras observaciones sobre objetos de estudio que no han merecido mayor atención por parte de la historiografía. La relevancia de este planteo se refuerza con una firme vocación: el análisis ofrece una visión de todo el campo de las izquierdas, de manera global y relacional más que la exploración de algunas de estas corrientes en particular. El propósito de las páginas que siguen, entonces, es esbozar un primer mapa explicativo, que abone con su perspectiva el desarrollo de nuevos estudios específicos.
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Un continente perdido: el Partido Socialista

13 El Partido Socialista era, sin duda, la organización que más había sufrido las transformaciones en el campo de la izquierda tras la experiencia gubernamental del primer peronismo (1946—1955) y la posterior emergencia de una nueva concepción de la transformación social alimentada por la Revolución Cuba- na [4]. Desde la normalización del sistema político argentino, en 1912, el socialismo se había constituido en la expresión determinante de la izquierda en el Parlamento — no tanto por el número de sus representantes, sino por la calidad de su trabajo legislativo, amén de la ausencia de otra fuerza de izquierda, a la par que había terminado por influir decisivamente en la central obrera reunificada en los años 1930 y algunos importantes sindicatos de trabajadores (aunque siempre en un marco de permanente inestabilidad por la rivalidad con otras fuerzas de prédica más revolucionaria que la suya). Pero la llegada del peronismo al poder lo desbancaría de esas instancias, y el debate interno que venía recorriendo el partido tras la muerte de su líder histórico, Juan B.Justo, estallarará en una crisis definitiva en 1958, con la división del socialismo en dos organizaciones. Una de ellas, la más tradicional, adaptó su prédica a las evoluciones liberales de la socialdemocracia europea, llevando incluso su anticomunismo a colaborar con la dictadura militar de 1976. La otra ala intentó conciliar el antiguo proyecto reformista con las nuevas estrategias más radica-lizadas, pero terminó astillándose en varios grupos, cada vez más intrascen-dentes tanto en el movimiento social como en el plano electoral [5].
14 Con el inicio de la transición democrática de 1982—1983, una de las fuerzas que reivindicaban la dilatada herencia socialista, asentada en Rosario, la tercera ciudad más importante del país, y sobre todo, con una consolidada presencia en la Federación Universitaria Nacional, comienza a destacarse por sobre los otros grupos, aunque más no fuera por el peso de su implatación territorial. En 1987 obtuvo una banca de diputado nacional y se afianzó definitivamente con la conquista de la intendencia de la ciudad de Rosario, dos años más tarde, que conservaría por tres décadas.
15 Aunque los intentos de reunificar la diáspora se multiplicaban al menos desde los años 1970, la elección presidencial de 1989 permitía nuevamente la presentación de una fórmula socialista, encabezada por Guillermo Estévez Boero, el líder de aquel sector provincial, y Alfredo Bravo, un viejo dirigente del sindicato de maestros, prestigiado por su martirio durante la última dictadura militar. Bajo la bandera de la “Unidad Socialista” reunió poco más de 200.000 sufragios, es decir, un módico 1,31 % de los votos a nivel nacional. Aquel porcentaje fue apenas superior a los de por sí magros resultados que se venían obteniendo sumadas las variadas expresiones del viejo tronco socialista que se habían presentado en los comicios presidenciales de 1973 y 1983.
16 En verdad, la pérdida de anclaje y de representatividad en los sectores sociales, sobre todo en el mundo del trabajo (siempre conservará, en cambio, cierto peso en el movimiento estudiantil), dificultaba toda implicación del socialismo partidario más allá de las citas electorales. Pero la identidad socialista como ideario reformista, cuyo alcance podía ir desde la probidad en la acción pública hasta el apoyo a la legislación social, pervivía en el imaginario argentino, sobre todo en los asentamientos urbanos, más allá de la debilidad organizativa.
17 El camino hacia una reunificación en un partido socialista único pareció allanarse, en buena medida gracias a las experiencias de gestión municipal y a la presencia de legisladores socialistas en las cámaras. Este proceso culminaría en septiembre del 2002 con la constitución de un nuevo Partido Socialista (PS) que lograba reunir a casi todos los grupos que se habían fragmentado en la gran diáspora de 1958. El renacido PS presentó la candidatura presidencial de Alfredo Bravo, acompañado por el presidente de la nueva fuerza Rubén Giustiniani, en las elecciones de mayo de 2003, las primeras tras las grandes movilizaciones sociales de la coyuntura 2001—2002. Pese al escenario favorable, los resultados serían similares a los obtenidos 14 años antes, asentando sus mayores apoyos en las ciudades de Buenos Aires y Rosario.
18 La unidad partidaria tampoco fue duradera. Atraída por las sirenas del poder, en una renovada clave populista, su ala izquierda, tal vez uno de los compo-nentes más dinámicos y promisorios de la nueva fuerza en torno a la Federación de Buenos Aires, ingresó en el gobierno de Néstor Kirchner en mayo de 2007, ocupando una posición ante todo simbólica y sin real peso o influencia en las políticas públicas.
19 La nueva fractura, empero, no impidió que el socialismo llegase ese mismo año a la gobernación de la Provincia de Santa Fe, con más del 48% de los votos. No sólo alcanzaba por primera vez el Ejecutivo de una de las principales regiones del país, sino que lo hacía en una provincia donde el peronismo venía ejerciendo un poder hegemónico desde la vuelta de la democracia. La victoria era de por sí un hecho inédito en la historia secular de la izquierda argentina, aunque lo hiciese integrando un frente con uno de los partidos más tradicionales del país, el radicalismo, e incluso con una vieja fuerza liberal. El nuevo gobernador era Hermes Binner, quien se había distinguido en la esfera pública como un eficiente intendente de la ciudad de Rosario desde 1995. Aunque la referencia al socialismo era más bien módica, incluso en su tradición nacional, estas experiencias se destacaron por las políticas públicas inclusivas en materia de salud, vivienda y participación, y por un ejercicio del poder honesto y prudente [6]. Conectaban así con la antigua política municipalista del viejo PS, que se había destacado otrora en la gestión de ciudades medias como Mar del Plata o Bahía Blanca ya en la primera mitad del siglo pasado. El socialismo ocuparía la gobernación de Santa Fe por tres períodos consecutivos y al primer mandato de Binner (2007—2011), le seguirían, ya con menos éxito, el de Antonio Bonfatti (2011—2015) y de Miguel Lifschitz (2015—2019), elección donde incluso no faltaron las acusaciones de fraude.
20 Finalmente, desgastado por el ejercicio del poder, en un contexto donde el narcotráfico se convirtió en un factor importante de la vida cotidiana, el socialismo perdió sus posiciones de gobierno en la provincia e incluso en su bastión rosarino. Esta larga experiencia del poder — 30 años de gestión municipal en una ciudad de un millón de habitantes, 12 años de ejercicio del poder en la tercera provincia en importancia del país — no generó nuevas perspectivas para el proyecto socialista debido a la debilidad ideológica intrínseca del núcleo del que saliera el nuevo Partido [7]. Sin embargo, le dio, pese a nuevas divisiones en el núcleo dirigente, un nuevo peso en el campo de la centro-izquierda. Ya en 2011, Binner había encabezado la fórmula presidencial de ese espacio, que, con el nombre de Frente Amplio Progresista, había enfrentado a la candidatura de Fernández de Kirchner, ocupando el segundo lugar, delante del ubicuo radicalismo y otras travestidas expresiones republicanas de la centro-izquierda, con el 17% de los votos y cerca de 3.700.000 de votos.
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El Partido Comunista: las desventuras de un movimiento menguante

22 La otra gran referencia en el campo de la izquierda argentina fue representada por el Partido Comunista (PC), hoy en estado de ocaso e insignificancia.
23 El PC, surgido de un debate interno en el PS, fue expresión de aquellos “tiempos rojos” abiertos por la Revolución de Octubre en Rusia. Hacia mediados de los años 1920 el partido impuso la proletarización y la “bolchevización”, insertándose entre los trabajadores industriales y adoptando los criterios de la Comintern: se rearticuló en torno a células obreras formadas por militantes entregados a la causa, que impulsaron la formación de sindicatos, colectividades de obreros inmigrantes e instituciones de la cultura proletaria [8]. Tras algunas crisis, a fines de esa década de 1920 el PC logró homogeneizarse en torno a un nuevo núcleo dirigente, polea de transmisión de las directivas cominternistas, y aplicando la estrategia combativa y sectaria de clase contra clase. Con el golpe militar de 1930, el PC vivió años de persecución y clandestinidad, con centenares de cuadros detenidos, torturados o deportados. En 1935 giró hacia la estrategia del frente popular antifascista y consolidó su programa de “revolución democrática agraria y antiimperialista”. El partido tuvo una gran expansión, sobre todo, dentro del movimiento sindical industrial (construcción, meta-lúrgicos, carne, madera, textiles, vestido), alcanzando desde 1939 la codirección de la Confederación General del Trabajo (CGT). Pero los comunistas perdieron influencia en la clase obrera con la emergencia del peronismo. El PC denunció la política de Perón como demagógica y fascista, y promovió la Unión Democrática en conjunto con socialistas y radicales. Tras las elecciones de 1946, debió procesar su fracaso metabolizando estos cambios en su XIº Congreso Nacional, donde caracterizó las perspectivas abiertas con el gobierno justicialista y abogó por la creación de un Frente de Liberación Nacional y Social [9], [10]. Mientras perdía parte de su composición obrera, la organización comenzó a tener hegemonía en otros sectores, creciendo su militancia en barrios, sociedades de fomento y comisiones populares contra la carestía, en el movimiento estudiantil, intelectual, cultural, de mujeres y de derechos humanos.
24 Tras el derrocamiento del peronismo, el PC tuvo expectativas de recuperar el espacio entre los trabajadores. Tras un inicial apoyo a Frondizi, el PC a través de la voz de su principal dirigente, Vittorio Codovilla, había descubierto un “giro a la izquierda” del peronismo y exploró la posibilidad de acuerdos con este [11]. Pero la vieja dirección sufrió impugnaciones internas, cuando sectores juveniles e intelectuales se volcaron a las heterodoxias bajo las huellas de la revolución cubana, las guerrillas y la revolución cultural china, sin olvidar los posiciona-mientos nacidos al calor de nuevas lecturas (en particular de Gramsci).Se sucedieron escisiones en el campo intelectual y, sobre todo, en la juventud que hacia 1968 conformó el Partido Comunista Revolucionario (PCR), el cual luego se identificó con el maoísmo y creció en la vanguardia obrera y estudiantil [12]. Si estas turbulencias cobraron vida era porque el PC había tenido en aquellos años un desarrollo grande entre los sectores medios y estudiantiles y en el campo intelectual-cultural [13]. Con la crisis definitiva del viejo PS, el PC se había convertido en el principal partido de la izquierda argentina, con un poderoso aparato de organización (especialmente en el aspecto financiero y editorial).
25 El levantamiento obrero y estudiantil conocido como “Cordobazo”, de 1969, abrió un nuevo ciclo de luchas populares y juveniles. En primer término, fomentó el desarrollo de la izquierda peronista y de otras corrientes izquierdistas (maoísmo, trotskismo, guevarismo), así como del “clasismo” en el ámbito sindical y la estrategia de la lucha armada, que descolocaron al PC. Junto a las posiciones cautelosas que tuvo ante el regreso del peronismo al poder y la constitución de una efímera alianza electoral con fuerzas de centro-izquierda (la Alianza Popular Revolucionaria, con la que se presentara a las elecciones de 1973), el PC se empeñó en hacer constantes llamados al respeto de la institucionalidad. Durante la dictadura de 1976—1983, el PC aplicó la línea de la “convergencia cívico-militar”, es decir, se propuso hacer confluir los intereses de los partidos y de la sociedad civil con el sector supuestamente “democrático” y “antipinochetista” de las Fuerzas Armadas, que habría estado representado por el general Videla... Esta actitud política no evitó que el partido fuera objeto de la feroz e implacable represión y le acarreó luego un fuerte cuestionamiento de buena parte de su militancia [14].
26 Con el regreso de la democracia, si bien el PC conservaba un alto número de militantes, quedó desacreditado por su comportamiento vacilante ante los anhelados comicios de 1983, cuando retiró su candidatura presidencial propia para apoyar la fórmula peronista, derrotada, inesperadamente para sus cálculos, por el radical Raúl Alfonsín, la misma actitud que adoptó el maoísta PCR, bajo el nombre legal de Partido del Trabajo y el Pueblo (PTP). El PC fue incubando una crisis, pero se esforzó por contenerla mediante un giro a la izquierda. Ante las elecciones legislativas de 1985 construyó el Frente del Pueblo (FP) con el trotskista Movimiento al Socialismo (MAS) y algunos grupos peronistas, que cosechó un resultado modesto pero promisorio. Un año después, iniciadas las discusiones del XVI Congreso partidario, el viraje cobró nuevos bríos: se hizo una dura autocrítica por las posiciones frente a la última dictadura, se pretendió relanzar la lucha por la “conquista del poder” como objetivo estratégico y se atacó al sector que defendía las posiciones anteriores del partido. El PC reestructuró su dirección en torno a los cuadros de la Federación Juvenil Comunista de Patricio Echegaray, junto a algunos viejos dirigentes del Comité Central precedente [15, pp. 678-709]. La “vieja guardia dirigente” concluyó retirándose del partido. El PC parecía ganar con la renovación y a la vez perdía mucha militancia y pedazos del aparato partidario.
27 Tras la ruptura del FP un nuevo acuerdo con el MAS pudo ser posible, formando la Izquierda Unida (IU) para las elecciones presidenciales de 1989 (en las que algunas pocas izquierdas apoyaron al candidato peronista Carlos Menem, como el maoísta PCR-PTP. La creación de IU le permitió un nuevo respiro al PC, pues obtuvo resultados electorales expectables (unos 410.000 votos a presidente y 580.000 a cargos legislativos, el 2,5% y 3,5% de la totalidad de los sufragios emitidos, respectivamente). Parecía poder sobrevivir en el enfren-tamiento a las políticas de Menem (como se evidenció en los cien mil manifestantes de la llamada “Plaza del No” en mayo de 1990). Pero al PC le resultó prácticamente imposible sobrellevar el derrumbe del muro de Berlín y la caída de la URSS. La ola de desmoralización fue inevitable, conduciendo a un debilitamiento extremo de la FJC y la casi virtual desaparición de cuadros obreros en el partido.
28 Desde mediados de los años 1990 la organización quedó amenazada por una tendencia a su disolución. La ruptura de la IU había lanzado al PC a una aventura electoral que por poco lo extingue: la formación del Frente Grande (FG), con sectores peronistas y de centro-izquierda. El partido fue casi conminado por sus aliados en el frente a disolverse. Varios dirigentes lo aceptaron y se desprendieron de una identidad que resultaba un lastre incómodo, pasándose a otras organizaciones de centroizquierda. No obstante, el núcleo dirigente en torno a Echegaray alcanzó a mantener buena parte del aparato partidario (todavía poderoso en términos de recursos financieros). Desde 1997 volvió a reconstruir una segunda IU, en alianza con el trotskista MST y la candidatura independiente de Patricia Walsh, que logró sostener durante otro lustro, obteniendo resultados electorales algo alentadores, al calor de la grave crisis nacional. El PC pudo animar algunas agrupaciones estudiantiles, una presencia sindical en la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) y el Movimiento Territorial de Liberación (MTL), una tendencia del movi-miento de desocupados (piqueteros) en el que también se había hecho fuerte la presencia de la Corriente Clasista y Combativa del maoísta PCR (que en el noroeste del país proyectaba un líder sindical, dirigente de los empleados públicos jujeños, Carlos “Perro” Santillán).
29 La aparición del fenómeno kirchnerista ubicó al PC, inicialmente, en una posición de simpatías hacia algunas de sus posiciones, pero manteniendo un perfil autónomo. A partir de 2008, con la llamada “crisis del campo”, que galvanizó el apoyo centroizquierdista y progresista al peronismo kirchnerista, el PC, finalmente, pasó a orbitar en torno a ese espacio. Si realizó ciertos intentos por montar alianzas y presentar candidaturas propias o en conjunto con sectores afines durante los años siguientes, aunque en claro respaldo al kirchnerismo, desde 2019 abandonó esas pretensiones y se incorporó formalmente al Frente de Todos, bajo las candidaturas de Alberto Fernández y Cristina Fernández. El PC hoy representa una estructura exigua, con escasísima militancia (predomi-nantemente, anciana), muy débil inserción en el movimiento social y casi nula representación electoral, una suerte de fenómeno residual de una antigua identidad.
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La utopía de las capas medias: la centro-izquierda

31 La crisis del Partido Socialista en 1958 y la radicalización de las capas juveniles de las clases medias en los años 1960, que había dado nacimiento a múltiples formaciones de izquierda revolucionaria e incluso a un conjunto de organizaciones armadas, permitió a su vez el surgimiento de un espacio que reivindicaba una identidad autodenominada de “centro-izquierda”. Algo ambigua, tal vez por ello se consolidó en las décadas sucesivas, en torno a un programa de liberación nacional, en base a consignas antioligárquicas y antiimperialistas [16].
32 Una de sus principales figuras por entonces, Oscar Alende, antiguo gobernador de la provincia de Buenos Aires en tiempos de proscripción del peronismo, provenía del viejo partido radical, pero su marco de intervención en la legalidad permitía a su denominado Partido Intransigente tejer alianzas con fuerzas a su izquierda, como el PC e incluso sectores del PRT-ERP, que terminaron incluso integrándose a él tras su descalabro político-militar. Esta peculiar posición, que combinaba un reformismo tradicional con algunas consignas radicalizadas hizo que saliese fortalecido al final de la dictadura militar, donde su dinamismo se expresaba predominantemente en los sectores juveniles y en los ligados a los movimientos de defensa de derechos huma- nos [17]. Empero, su desempeño en las primeras elecciones libres, en octubre de 1983, fue decepcionante, pese a ocupar un simbólico tercer lugar, al alcanzar menos de 3% de los votos, por efecto de la extrema polarización. El giro social-demócrata del partido radical hegemonizado por el presidente R.Alfonsín, en verdad más social-liberal que otra cosa, dificultó la construcción de una identidad más sólida, en parte también porque una inusual alianza entre comunistas y trotskistas podía disputarle a partir de 1985 la prédica de izquierda, que terminó desdibujándose aún más cuando, tras una nueva decepción electoral, decidió aliarse con el “nuevo” peronismo que se preparaba a regresar al poder en 1989.
33 Los intentos de construcción de un ideario nacionalista revolucionario, que se alimentaba de la reivindicación de algunas experienciass tercermundistas por entonces en boga, en particular la Nicaragua sandinista (pero que podían abarcar también los modelos socialistas de Cuba o Vietnam), no lograban cuajar en un país donde la presencia del populismo seguía siendo determinante para invocar con mayor eficacia los discursos nacionalistas. En efecto, aunque se buscaba confluir con ciertas identidades de la vieja izquierda (el siempre disponible socialismo, huérfano en esos años de fuerza partidaria, e incluso el dúctil PC, que podían llevar a conformar alianzas electorales como la mencionada APR de 1973), el componente nacional-burgués, tanto mejor expresado en el viejo radicalismo como en el peronismo, esmerilaba todo perfil de izquierda sólido, más allá de la reivindicación de la liberación nacional o del castigo por las masivas violaciones de derechos humanos, acaecidas durante la sangrienta dictadura militar de 1976. El apoyo a la candidatura peronista en 1989 marcaba acaso el final de una evolución más claramente de la izquierda.
34 Pero la crisis del propio peronismo, en su versión neoliberal de la década de 1990, alimentó dentro del universo de centro-izquierda nuevos componentes de ese espacio, que privilegiarían ahora una prédica anti-corrupción y de transparencia pública más que un programa de cambio social, ya en un mundo postguerra fría. El compromiso del alfonsinismo con la reforma constitucional impulsada por el presidente Menem en 1994, el eficiente manejo de los medios de comunicación y un discurso formateado ante todo para las capas medias, permitió el surgimiento de nuevos liderazgos bajo el tinglado del Frente Grande, provenientes esta vez de la tradición peronista, pero también en menor medida del PC o aun del movimiento de los derechos humanos [18]. El vocablo “progresista” servía ahora para designar su módico ideario. Empero, la repetida incapacidad de este espacio para generar una identidad propia, e incluso un accionar político autónomo, condujo una vez más a la absorción de la centro-izquierda por uno de los partidos nacionales tradicionales, esta vez el radi-calismo, ahora conducido por su ineficiente ala derecha. Con todo, el agotamiento de las políticas neoliberales de la década le brindó la posibilidad de vencer al peronismo en elecciones presidenciales por segunda vez en su historia, en 1999, con la fórmula Fernando de la Rúa-Carlos “Chacho” Álvarez, el líder del espacio, que provenía del peronismo. También encabezaría, con una antigua figura del movimiento de derechos humanos bajo la dictadura, Graciela Fernández Meijide la fórmula en la principal provincia del país, Buenos Aires, aunque con suerte esquiva. Sin que la centro-izquierda tuviera mayor peso en la definición de las políticas públicas, más allá de la administración de la Ciudad de Buenos Aires, para la que pronto mostraría un trágico diletantismo.
35 Las profundas movilizaciones sociales que se produjeron en 2001 y 2002 pudieron generar nuevos reagrupamientos, en particular en torno a los dirigentes del núcleo fundador de la CTA, surgida en 1992 para oponerse a la capitulación de la vieja CGT ante las políticas neoliberales del peronismo. Pero la irre-solución de sus hombres desvaneció los anhelos alentados por entonces de reconstruir un proyecto de centro-izquierda con tintes laboristas, buscando seguir en parte la experiencia del Partido dos Trabalhadores que encabezaba Ignacio Lula da Silva en el vecino Brasil.
36 La aparición de una modalidad “kirchnerista”, tras las elecciones presidenciales de 2003, pudo darle a ese espacio una nueva vigencia, aunque, a decir verdad, más en términos culturales que políticos. Incorporando al viejo relato populista una reivindicación de las experiencias de las juventudes peronistas de los años 1970 y gozando del apoyo de las organizaciones de derechos humanos nacidas bajo la dictadura, el nuevo avatar tuvo una retórica de nuevo aliento, pero que decantó términos ideológicos más explícitos sobre todo a partir de 2008, tras un conflicto del Gobierno con los productores agrarios en materia fiscal. En su renovada orientación fue amalgamando una nueva agenda, como la ampliación de derechos sexuales y reproductivos y, de manera más general, una política de identidades, pero sin desatender los movimientos territoriales a través de la distribución de planes sociales, sumado a algunos ecos del “chavismo” en el plano continental (materializados en la UNASUR conformada en 2008 y hoy paralizada). Pero la realidad de sus políticas — el actual gobernador de la Provincia de Buenos Aires, ya debidamente convertido en peronista, que aparece como la principal esperanza de ese espacio, — no duda en contar con un ministro de abierto perfil represor de las movilizaciones sociales, pareciera contradecir el sueño de sus más entusiastas valedores en materia ideológica. Sin desmedro del activismo que ha generado en sectores juveniles, que no dudan en reivindicar un cambio social. Acaso más entendible porque la otra supervivencia de aquella centro-izquierda de los años 1990, la rama más proclive al modelo social-liberal, se encierra hoy en una vacua prédica republicana que, en la más pura tradición argentina, la lleva a coincidir, la mayor parte del tiempo, con un rancio conservadurismo social y político.
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El trotskismo como anomalía: la novedad del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT)

38 Argentina representa un caso especial en la historia global del trotskismo. Su precoz surgimiento, durante los años 1930, le confiere la misma longevidad que tuvo el movimiento a nivel mundial. La excepcionalidad está dada por su permanencia y por el hecho que hoy sea la expresión hegemónica de la izquierda local, incluso, considerando el más esquivo campo de la acción parlamentaria. El trotskismo fraguó una cultura política en donde se combinaron una serie de ingredientes: un obrerismo que antagonizó con el peronismo pero que pretendió dialogar con sus bases, un insurreccio-nalismo discursivo que rechazó la vía guerrillera, un internacionalismo que no desmereció la lucha nacional antiimperialista.
39 En términos de larga duración, la corriente local de mayor impacto fue la surgida a comienzos de los años 1940 bajo el liderazgo de Nahuel Moreno, que conoció diferentes rupturas, reagrupamientos y nombres y acabó extendiendo su presencia hasta nuestros días, en una constelación de organizaciones que se reconocen, a veces de manera crítica, como parte de esa tradición. Ella convivió con otra tendencia, algo más pequeña, constituida desde 1964 bajo el nombre de Política Obrera, luego Partido Obrero (PO), con Jorge Altamira como su referente fundamental.
40 En los años 1970, durante ese curso signado por el ascenso de las masas y la radicalización política, hubo una experiencia de visibilización del trotskismo, con la constitución del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), que participó de las elecciones presidenciales de 1973 y que luego logró sobrevivir en la militancia clandestina enfrentando a la dictadura militar [19, pp. 151-184]. Pero fue a partir del regreso de la democracia cuando esta corriente fue alcanzando un protagonismo social y político más acendrado, con la fundación del ya recordado MAS, a mediados de 1982.
41 Ya el PST había implicado una fuerte presencia en la vida fabril de muchos cuadros militantes pero también en el movimiento de mujeres y la comunidad homosexual [17]. Pero la extensión que logró el MAS en los años 1980 fue mayor, adquiriendo influencia en la clase obrera y en sectores del movimiento estudiantil. Logró la dirección o co-dirección de algunos sindicatos (Con-strucción de Neuquén, Sanidad de la Capital), tuvo presencia en muchas comisiones internas y cuerpos de delegados, poniendo en pie varias listas antiburocráticas [20]. Su principal portavoz, el abogado Luis Zamora, cobró protagonismo en la vida pública, y el partido participó en procesos electorales, con las coaliciones hechas con el PC, el Frente del Pueblo en 1985 e Izquierda Unida en 1989. Esta última, que alcanzó un expectante cuarto lugar en las elecciones presidenciales de ese año, permitió consagrar a Zamora como el primer diputado nacional trotskista de la historia argentina.
42 Hacia 1990 la fuerza agrupaba unos nueve mil militantes. Desde aquel año, sin embargo, los exultantes pronósticos del MAS y de la organización internacional trotskista que animaba (la Liga Internacional de los Trabajadores, LIT), acerca del avance de la lucha revolucionaria en el país y en el mundo no se vieron cumplidos. El desenlace procapitalista de los acontecimientos ocurridos en el Este europeo, junto a la exitosa ofensiva neoliberal a nivel global, colocaron al MAS en un proceso de profundo malestar interno. Ya antes, en 1988, militantes de la organización habían producido una escisión, fundando el Partido de los Trabajadores por el Socialismo (PTS). Pero en 1992 la crisis fue mayor, con la salida de casi la mitad del partido, que fundó el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST). El MAS sobrevivió el resto de esos complejos años, marcados por el retroceso de las izquierdas, en constante empequeñecimiento y para inicios del nuevo siglo era una fuerza marginal. En cambio, el MST logró consolidarse y llegar más expandido a la crisis social y política de 2001, aunque conoció una escisión importante de sectores de la vieja guardia. La dispersión de las tendencias morenistas reposicionó al PO en un lugar de preponderancia dentro del trotskismo, sobre todo cuando desde fines de los años 1990 se orientó al trabajo entre los desocupados, montó una estructura territorial para organizar a estos (el Polo Obrero) y participó en la dirección de la Bloque Piquetero Nacional.
43 La crisis de 2001 potenció el desarrollo de varias organizaciones, en especial, el PO, el MST y el PTS, que tomaron parte en las grandes luchas sociales y políticas, en los movimientos territoriales de desocupados, en el movimiento obrero que se reactivaría tras la caída del plan de convertibilidad, en las ocupaciones y puesta en funcionamiento de fábricas quebradas por la patronal. Pero tras el advenimiento del kirchnerismo sobrevino cierto bloqueo político para estas corrientes. Aquellos pequeños partidos continuaron manteniendo una militancia destacada y bien inserta en el movimiento social, pero su extrema fragmentación dificultaba su articulación en el sindicalismo y atomizaba su representación electoral.
44 La organización de los comicios presidenciales de 2011 trajo una novedad: una reforma político-electoral que buscaba preservar el modelo bipartidista, exigiendo que las fuerzas “minoritarias” tuvieran una representatividad de al menos un 1,5%. Ello amenazaba con eliminar al fragmentado trotskismo, impidiéndole su expresión en los comicios de octubre de ese año si antes no alcanzaba aquel porcentaje en las elecciones Primarias, Abiertas y Obligatorias (PASO) de agosto. Para enfrentar este obstáculo tres partidos trotskistas, el PO, el PTS y la Izquierda Socialista (una escisión del MST), conformaron el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) [21, pp. 233-256]. El FIT pudo superar el piso electoral requerido, alcanzando luego medio millón de votos. La coalición se mantuvo y en las elecciones legislativas de 2013 logró 900.000 votos. En Provincia de Buenos Aires y Capital Federal esos porcentajes oscilaron el 4%, pero lo notable ocurrió en el interior: el 11,2% en Salta, el 9,4% en Jujuy, casi el 8% en Santa Cruz y Mendoza, cerca del 7% en Neuquén y Río Negro y del 6% en Córdoba [22]. En los años siguientes se dió el mismo fenómeno: un mantenimiento del espacio del FIT en los comicios legislativos y un declive en los destinados a cargos ejecutivos.
45 Las caracterizaciones del FIT tendieron a reproducir algunas posiciones trotskistas clásicas sobre las tendencias capitalistas al colapso y al incremento de los fenómenos de miseria y catástrofe ecológica. El FIT denunció una suerte de impostura en el kirchnerismo, que más allá de su convocatoria a una gesta “progresista” y latinoamericanista, y tras casi una década de un crecimiento importante del PBI, siguió conservando al 30% de la población debajo del límite de la pobreza, al 40% de la clase obrera precarizada, y postergó resoluciones a las carencias populares más básicas en salud, educación o vivienda, mientras aseguró el pago de la deuda externa, la reproducción del modelo sojero y extractivista, la entrega de subsidios al gran capital industrial, minero y petrolero. En sus actos y proclamas comunes, el FIT expresó una reafirmación de los viejos tópicos del obrerismo y la necesidad de buscar una alternativa política de “independencia de clase”, junto a las demandas por el derecho al aborto y contra el patriarcado, así como las denuncias de la represión policial sufrida por los jóvenes y sectores populares.
46 El acuerdo conserva su existencia desde hace diez años, incorporando en 2019 al MST y rebautizando la coalición como FIT-Unidad. A lo largo de esa década logró hacer elegir casi un centenar de legisladores (diputados nacionales, senadores y diputados provinciales, concejales municipales), los cuales rotaron sus mandatos entre los candidatos de las fuerzas que integran el frente. La perduración de esta alianza electoral no tiene antecedente en el campo de la izquierda argentina, incluso, es infrecuente en el sistema político en su conjunto. El FIT logró coincidencias para firmar importantes pero acotadas declaraciones comunes, aunque no pocas veces dispersó su fuerza en listas rivales en sindicatos y organizaciones sociales. No pudo impedir la repetición de querellas internas fincadas en asuntos meramente tácticos y, a veces, por la preservación simbólica de sus identidades y tradiciones partidarias.
47 El FIT-U expresa la existencia de un pequeño espacio alternativo consolidado electoralmente que, con campañas de reclamos concretos y de alto impacto, buscan una doble diferenciación, tanto al kirchne-rismo/peronismo como al bloque centroderechista/radical. Ante el debilitamiento o casi desaparición de la expresión electoral socialdemócrata o centroizquierdista, el FIT-U tendió a ocupar un espacio más amplio que el tradicionalmente adjudicado al trotskismo.
48 Existe en la historia de la izquierda argentina un desfasaje entre la importancia que tuvo su presencia y su acción en todos los ámbitos de la vida nacional, y su prolongada ausencia en el ejercicio del poder. Esto contrasta más fuertemente cuando se compara a la Argentina con los países vecinos, empezando, claro está, por Chile que conoció desde el Frente Popular de los años 1930 un conjunto de actuaciones gubernamentales, hasta llegar a la experiencia de la Unidad Popular encabezada por Salvador Allende entre 1970 y 1973, sin olvidar su presencia aún las experiencias populistas de los años 1950. Ya en nuestro siglo, el caso del Brasil de Lula y del Uruguay y sus tres mandatos presidenciales del Frente Amplio aumentan esta especificidad argentina.
49 La respuesta que se da a menudo al enigma radica en la dimensión central del populismo en los sectores populares (ya en sus formas incipientes con el radical Hipólito Yrigoyen y luego, con mayor amplitud, bajo el peronismo) que conllevaba una nueva relación con el movimiento obrero organizado y que no tuvo comparación con lo ocurrido con esas formas en el caso chileno o brasileño, y menos aún en el uruguayo.
50 La última estación del populismo en Argentina, con la variante kirchnerista, permitió absorber las movilizaciones sociales del período 2001-2002. Por cierto, presentaba características propias, tanto por el entronque con la retórica derivada de la experiencia del chavismo (que algunos observadores calificaron algo apresuradamente de “populismo de clase”), como por la dimensión que conectaba de manera compleja con las transformaciones de la izquierda en clave mundial (en particular, en las tradiciones socialistas y social-demócratas) expresada por la aparición de un discurso de derechos en clave emancipatoria (colectivos gay, feminismos, etc.) y ya no sólo de defensa de las libertades públicas.
51 De algún modo, el kirchnerismo significó el declive de algunas corrientes surgidas de la llamada Nueva Izquierda (maoísmo, guevarismo y uno de sus receptáculos en los inicios de la restauración democrática, el PI). Pero tampoco las dos principales tradiciones de la vieja izquierda supieron mostrar prácticas alternativas, siendo absorbidos, de manera inédita, en la estructura del populismo realmente existente (como vimos con el PC y algunos de los restos del socialismo). Los intentos de reflotar el viejo espacio de centro-izquierda desde el nuevo PS no han podido salir de una clave republicana, incapaz de generar un discurso de transformación social autónomo y sin contar con un real anclaje en el universo de los trabajadores o de los dominados.
52 Esto quizás explique la vitalidad central del trotskismo, que, en su alianza FIT-U ocupa un espacio, sin duda, mayor que el que encierra su tradición. Un proceso dialéctico, que lo ha llevado a posicionar su propio accionar más allá de la corriente, desarrollando por ejemplo una labor importante en los órganos legislativos en favor de los trabajadores y las libertades públicas, que evoca al viejo socialismo reformista. Pero en un caso como el otro, el perfil de la izquierda aparece más nítido en la sociedad argentina que en 1983.

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